“Próxima estación: Alonso Martínez. Correspondencia con líneas: cuatro y cinco”, estas son las primeras palabras que escucho desde que, en el hospital, me he despedido de mi padre, él, con un –“¡Venga hijo!, ¡la semana que viene ya nos vemos en casa!”, y una mirada cargada de esperanza, me soltaba la mano, dándome así consentimiento para regresar al pueblo. En la estación se produce un relevo de gentes que no se saludan, que no tienen consciencia de cómo sería su vida sin los demás, que dejan pasar de largo, una y otra vez, la oportunidad de conocer al amor de su vida o a su amigo del alma, son vidas, que coinciden pero no se cruzan, simplemente trascurren paralelas y ajenas a las demás. Yo hasta “Tribunal” no tengo que hacer trasbordo para encaminarme a “Atocha RENFE”, al ser sólo una estación he decidido quedarme de pie, así puedo leer los titulares del diario, que el señor sentado a mi derecha hojea, guerras, conflictos, desacuerdos, ¡qué desafortunado estuvo el que llamó a esta época, “La era de la comunicación”!.
Al coger la línea uno, sí opto por sentarme, con los ojos clavados en el cristal de enfrente, en el primer túnel, las ventanas se tornan en espejos, y allí veo mi reflejo, serio, preocupado y ensimismado, me asaltan recuerdos, con un parpadeo lento, como si de un interruptor se tratase, consigo ver imágenes del pasado, sonrío, mi padre y yo en el carro, enfilábamos la calle Huertas; Cana y Mohína, las dos mulas, con paso cansino, se dirigían sin recibir instrucción alguna a la parcela, en el viraje de la calle Nogales, nos da el alto Eusebio, -“¡So, Cana!”, exclama mi padre tirando de las riendas, -“¿Qué tal Laurentino?, me han dicho que tienes al chico pachucho”, indagó Eusebio, -“Se cayó a la acequia la semana “pasá” y se resfrió, pero aquí lo tienes, ¡más fresco que una lechuga!”, respondió mi padre, el silencio que siguió a esta frase era un claro indicio de que yo debía dar señales de vida, para corroborar la frescura de la que mi padre había presumido, no sin esfuerzo, puse la cara más sonriente que las décimas de fiebre me permitían y exclamé –“¡Buenos días tenga usted, don Eusebio!”.
“Atocha RENFE”, aquí debo coger el tren que me lleva al pueblo, vuelvo a caminar entre la gente, todos pasan fugaces, ni un simple “¡Disculpe usted!”, cuando la mochila de un joven, posiblemente estudiante, me golpeó en el hombro, ni un “¡Buenas tardes!” por parte de la taquillera, sólo, con voz metálica, me dijo: “Diecinueve con cincuenta, por favor”. En el tren, apoyé la cabeza en el cristal, en espera de que éste emprendiera la marcha, en el andén no se veían novias con ojos llorosos agitando pañuelos despidiendo a militares lastimeros, únicamente un señor bien trajeado, hablando por su teléfono móvil y con la mirada pendiente de la puerta de su vagón. El leve traqueteo del tren indica el comienzo del viaje, sigo con la cabeza en el cristal, veo como comienzan a moverse los bancos del andén, alejándose lentamente, hasta que finalmente, desaparecen, en seguida aparecen los primeros postes eléctricos, que pasan ante mi como lo hacían las personas en la estación, sin ofrecer muestras de su propia existencia.
Ahora aun con los ojos abiertos, consigo ver el camino que, ya a las afueras del pueblo, nos llevaba a la huerta, ahí mi padre me dejaba coger las riendas, ¡qué importante me sentía!, en ese momento nadie en el mundo mandaba más que yo, la felicidad que me proporcionaba, el no saber que era Cana la que dirigía la marcha, era inmensa. Poco a poco la casa de campo donde guardábamos los aperos de labranza iba aumentando de tamaño, de vez en cuando mi padre levantaba la mano para saludar a algún vecino que ya estaba metido en faena, alguno, a solaz, aprovechaba para enderezar la espalda y secarse el sudor, otros tras la voz de –“¡A la paz de Dios, tío Laure!”, cogían un pequeño botijo que pendía del arado y con gran pericia vertían el agua en el gañote, después, un “¡Arre!”, y a seguir haciendo surco. Las fincas no tenían cercas, las casas sin cerrojo, a excepción de la del tío Angustias cuyo nombre le venía pintiparado. Y las lindes no estaban marcadas.
El tren se detiene en Aranjuez, veo bajarse al señor del móvil que, apresuradamente, se mete en la estación, a mi lado se sienta un adolescente con la mochila colgada en el pecho, auriculares e, incomprensiblemente, lleva puestas unas gafas de sol, ya que son casi las ocho y mañana es el último día de octubre, le saludo: -“¡Buenas noches!”, y sea por la música que escucha o sea por el temor a que yo sea un tipo pesado, no obtengo respuesta alguna, cabeceo levemente de un lado a otro, cierro los ojos y levanto las cejas en un claro esbozo de desconsuelo, vuelvo a reclinar la cabeza en la ventana, fría, como el aire, como mi joven compañero de viaje, y retomo de nuevo mis añoranzas con la llegada a la casa del campo, el sol comienza a despuntar por encima de la copa de los perales, cuando iba yo a la parcela siempre salíamos un poco tarde, descontado la vendimia, en la que toda la familia, con las primeras luces del alba ya estaba recogiendo uvas, las primeras, envueltas en rocío, casi siempre iban a la panza, a partir de ahí, armados con tijeras, algunos viejos con navajas, a ir echando ganchas a la espuerta que se encontraba en el surco, hasta terminar el hilo y allí, media vuelta y a recorrer de nuevo toda la viña en dirección contraria, de vez en cuando aparecía mi hermano mayor con una espuerta vacía y la cambiaba por la llena, en ocasiones agachado, y concentrado en la cepa, ni me daba cuenta del cambio, y casi a carcajadas le decía a mi madre en el hilo contiguo, -“¡Otra vez nos han “robao” las uvas madre!”, y ella, serena, vendimiando lenta para no sacarme ventaja y sin incorporarse, me decía, -“¡Qué ganas tengo, hijo, de que algún día termines el hilo antes que yo!”, y siempre se sonreía al ver mi sonrojo. La hora del almuerzo era recibida con impaciencia, a veces gachas, las más migas de gañán, los mayores con vino y los niños con agua, de postre melón y aquí sí que nos dejaban a los mozalbetes darle un buche a la bota, mientras algunos sacaban su petaca y se liaban un cigarro, se comentaban “cosejas” del pueblo, y con la última calada de mi padre, de nuevo todos al tajo. El día terminaba con el sol, y al volver a casa, el remolque colmado de racimos, sobre éstos, una lona y encima, todos los muchachos cantando alguna jota manchega improvisada, o contando chistes que eran bien pagados con las risas comunes, las chicas con el pañuelo en la cabeza aún, los chicos ya se lo habían bajado al cuello y todos llenos de churretes negros, hasta poder lavarse en el balde del corral después de descargar la uva en el lagar. Por la noche, sopas de ajo o algún huevo frito con pan “sentao”, luego un rato al fresco con los vecinos charlando del día y compartiendo anécdotas, a los niños todavía nos quedaban fuerzas para jugar un rato, hasta que casi siempre doña Emilia, decía, -“¡A las diez, en la cama estés!”, y cabizbajos, comenzábamos la ronda de “beso de buenas noches”, seguidamente, un padre nuestro, un vistazo al orinal y a dormir. Vuelve el recuerdo de nuestra llegada a la parcela, tras desenganchar la recua, llevarla al abrevadero y ponerle los morrales, nos dirigimos a abrir las compuertas de la acequia, caminando alrededor de la huerta, mi padre me va explicando cosas de cada cultivo, y enumera lo que vamos a hacer esa jornada, yo atento, aunque ya supiese casi todo, asentía con la cabeza y de vez en cuando le daba alguna patada a una piedra alejándola de los bancales.
El tren vuelve a detenerse, una anciana camina por el pasillo del vagón, al llegar a mi altura, se detiene y asomándose por la ventana, pregunta, -“¿Esto es Villacañas?”, -“Sí señora”, respondo tras comprobar de reojo que así es, -“¿Necesita ayuda con la maleta?”, indago a la par que me levanto, -“No, gracias hijo, ¡si no pesa nada!”, me aclara ella, aunque a decir verdad, mi compañero de las gafas de sol, sigue entretenido con su teléfono móvil, y no hace ademán alguno para dejarme salir, de modo que me siento de nuevo, y respondo un -“¡Adiós y buenas noches!” al deseo de la anciana de que tenga un buen viaje. Me tengo que morder la lengua para no decirle cualquier improperio al chaval, respiro profundamente, cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás.
Me vienen a la memoria tres nidos que estuvieron presentes en mi infancia, el más grande, en el campanario de la iglesia, de cigüeñas que todas las primaveras venían a criar y a llenar el aire con su incesante crotoreo; otro, de barro, en un rincón del establo en el que asomaban a veces, tres o cuatro cabezas de golondrina, asemejándose a los espectadores de un palco, observando, en este caso, el tranquilo rumiar de las vacas; el tercero lo encontré en un pequeño cañaveral, con cuatro huevos azul turquesa y que mi vecino de parcela, don Marcial, me explicó que era de mirlos. ¡Cuan curioso es el mundo de las aves!, en el corral teníamos gallinas y un gallo que cada madrugada se encargaba, con su canto, de avisarnos de que un nuevo día iba a comenzar, además de las vacas, también teníamos conejos y dos cochiqueras, una para la cerda y los cochinillos y otra para el verraco, allá por marzo mi padre vendía todos los lechones menos uno, éste pasaba casi todo el año con nosotros, cuando se destetaba, se ponía una compuerta en la pocilga quedando así separado de la madre, y con la llegada del invierno, aquel cerdito se había convertido en una mole de quince o dieciséis arrobas, entonces hacían aparición por casa mis tíos con sus esposas y sus proles y por supuesto también acudía el matarife, don Leonardo más conocido por “el tío sangres”.
Llegamos al pueblo, tengo la desagradable tarea de decirle al muchacho de mi lado que me deje salir, y él, levantando un poco la cabeza y mirándome con cierto desdén por encima de las gafas, mueve sus piernas hacia el pasillo, nada más salir yo, se sienta de lado en el que hasta ahora había sido mi asiento y apoya los pies en el que era el suyo, me marcho con sensación de alivio ya que haber compartido viaje con una persona tan desabrida me estaba produciendo un desasosiego creciente.
Camino a casa con las manos en los bolsillos del chaquetón ya que el viento ábrego a estas horas de la noche es bastante fresco, por la calle principal me parece estar viendo las reatas que en la mañana de romería todavía circulan aquí, recuerdo cuando mi padre engalanaba las dos mulas y él, vestido con un blusón, oliendo a limpio y con su boina de los domingos, nos subía a la parte de atrás del carro, ya bien cargado de viandas, a mis hermanos y a mi para llevarnos a la ermita, mi madre, siempre iba andando con vecinas y amigas a ver a la Virgen. Pasábamos todo el día de asueto, jugando con otros chiquillos, comiendo y riendo, los mozos aprovechaban para pasear de la mano con sus novias y valiéndose del grosor de algún árbol, poder darse unos besos sin ser vistos. La frase que más oía de los mayores ese día era más o menos –“Así que tu eres el segundo del tío Laure”, ya que una de las labores sociales más importantes en un pueblo es que todo el mundo sepa quien es quien, y seguidamente me aclaraban, como si yo no lo supiese, -“Entonces tu eres de los Pellagrande”, mote que me viene uno de mis bisabuelos, porque un año, dicen que crió un cerdo de veinte arrobas y tenía mucha manteca, pero este apodo, mis hijos ya lo tienen casi perdido.
En casa ya están todos en la cama, mi esposa aún despierta, se levanta y me pregunta por el abuelo y yo le cuento que lo he visto bastante animado, ella más tranquila, se vuelve a la cama, esta vez con intención de dormir. Yo con un poco de pan, un tomate, aceite, jamón y un botellín pongo la televisión para ver que ha hecho mi Atleti, ya que con esto del viaje no me he enterado de nada, según reza el titular bajo las imágenes –“Aburrido empate sin goles en el Calderón”, ¡ea!, pues por lo visto no me he perdido nada. Me despierto a las ocho de la mañana, aún en el sofá, con la tele puesta, y por culpa del sonido agudo de mi móvil, respondo a la llamada, en este caso del hospital, y me comunican que traen hoy a mi padre para el pueblo, así que tras una ducha, un café y un par de llamadas a unos clientes, preparo todo para su llegada. A las doce del mediodía ya está aquí y toda la familia pasamos el día con él, rememorando viejos tiempos, yo les conté todo lo que había recordado en el viaje del día anterior, y volvimos a charlar juntos como hacía tiempo que no hablábamos.
Hoy es primero de noviembre, día de “Todos los Santos”, la gente camina por la calle que lleva al cementerio, impregnada de olor a castañas asadas, portando ramos de flores para llevárselos a sus seres queridos que ya no están. Yo subo a mi padre en el todoterreno y lo llevo a la parcela, y allí, en esa tierra a la que tantas jornadas de labor le dedicó, entre la huerta y los frutales, esparzo sus cenizas.
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